Trago amargo: los peligros de consumir alcohol informal

Luego de acudir a un funeral, un grupo de personas en Mozambique, África, se reunió para tomar unas cervezas de origen casero. Lamentablemente, no notaron que estaban contaminadas. Hasta el cierre de este post, la cifra de muertos ascendía a 73 y alrededor de doscientas personas habían sido hospitalizadas. El agente contaminante al parecer fue bilis de cocodrilo, pero esta información no ha sido confirmada.

Esta trágica historia nos anima a discutir sobre los peligros del alcohol informal. Entran en esta categoría todas aquellas bebidas alcohólicas consumidas o producidas de manera informal y de las cuales no existe mayor registro que permita contabilizarlas. Pueden ser bebidas que ingresan al país por contrabando, bebidas que se producen de forma casera y cuyo consumo puede deberse tanto a factores culturales como a la ausencia de recursos para adquirir productos formales, y pueden ser también alcoholes industriales o no destinados al consumo humano y que se caracterizan por adquirirse a precios significativamente menores que los del mercado formal.

Si bien no podemos determinar el grado de calidad de estos productos y la diferencia entre legalidad e ilegalidad en ellos es ambigua, de lo que no cabe duda es de que la ausencia de estándares regulatorios que guíen su producción es ya un elemento de riesgo del que todos los potenciales consumidores deberían ser conscientes.

Un estudio realizado por Euromonitor reveló que durante el 2013, en el Perú, las bebidas alcohólicas ilegales representaron el 30% del mercado (medido en términos de volumen de alcohol), porcentaje superior al promedio latinoamericano (25%).

El Estado es el llamado a combatir la distribución y venta de alcohol ilegal. La Organización Mundial de la Salud tiene ya sus recomendaciones para combatir la producción y comercialización de las bebidas alcohólicas informales. Así, sugiere desarrollar y fortalecer los sistemas de seguimiento y rastreo de las bebidas alcohólicas ilícitas; fortalecer las medidas regulatorias en los puestos de venta; y asegurar la cooperación de todos los niveles de gobierno en las actividades fiscalizadoras.

Sin embargo, todo esto puede no ser suficiente, sobre todo en países como el Perú, donde casi una tercera parte del alcohol consumido es informal. Por ello, si bien el Estado debe ver la manera de penalizar su venta y hacer cumplir la ley, una estrategia complementaria que considero puede ser efectiva es apelar a la economía del comportamiento para combatir su consumo.

Claro está que una motivación para adquirir este tipo de bebidas son precisamente sus bajos precios; no obstante, ya la Economía del Comportamiento ha demostrado cómo exponer la salud a sabiendas de que se corre un riesgo — tener sexo sin protección o fumar, por ejemplo — son patrones presentes en personas de toda condición económica.

Apelar a las normas sociales, ofrecer información saliente, aplicar micro-incentivos y recordar los daños actuales son algunas de las herramientas que la economía del comportamiento ofrece. Emplearlas puede salvar vidas.

 

Janice Seinfeld

Directora ejecutiva de Videnza Consultores

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